Hay contaminantes que vemos y otros que no. El ozono troposférico pertenece a este segundo grupo y quizás por eso recibe menos atención que otros problemas de calidad del aire. Sin embargo, un nuevo análisis del Servicio de Vigilancia Atmosférica de Copernicus (CAMS) indica que, durante los primeros ocho meses de 2026, casi el 40% de la población mundial estuvo expuesta a niveles extremadamente altos de este contaminante y sólo un 5% estuvo expuesto a niveles considerados buenos según las referencias de la Organización Mundial de la Salud.
Cuando hablamos de humedales la primera imagen que aparece es la de un lugar de alto valor ecológico, refugio de aves, distintas especies y vegetación; y lo son, pero quedarse sólo con esa mirada es insuficiente. Los humedales cumplen funciones que tienen un impacto directo en nuestras ciudades, en nuestras actividades económicas y en nuestra capacidad para enfrentar un escenario climático que nos exige mayor resiliencia.
América Latina habla cada vez más de transición energética, mientras se anuncian nuevas inversiones en energías renovables, se impulsan estrategias de descarbonización y los países elevan sus compromisos climáticos. Sin embargo, existe una pregunta tan simple como incómoda: ¿cómo sabemos si realmente estamos avanzando? La respuesta es que no lo sabemos si no lo medimos.
Durante años, cuando hablamos de contaminación atmosférica o cambio climático, gran parte de la discusión se concentró en los gases de efecto invernadero, especialmente el dióxido de carbono (CO2). Sin embargo, existe otro contaminante que, pese a tener un enorme impacto sobre el clima y la salud de las personas, sigue siendo relativamente desconocido fuera de los círculos científico: el Carbono Negro o Black Carbon.
En un escenario internacional marcado por guerras, crisis energéticas y tensiones por recursos estratégicos, la geopolítica dejó de ser un asunto reservado a cancillerías o mercados financieros. Hoy sus efectos llegan directamente a la operación de las industrias, a la estabilidad de las comunidades y a la forma en que los países enfrentan sus desafíos ambientales. La gestión sostenible ya no puede analizarse aislada del contexto global.
El año 2026 debería marcar un punto de inflexión para la política climática global. Durante décadas, el debate estuvo dominado por compromisos, metas y declaraciones de intención; hoy, sin embargo, la urgencia de los eventos extremos, la presión regulatoria y la evidencia científica han desplazado la conversación hacia un terreno mucho más concreto, la acción coordinada. La discusión ya no es si se debe actuar, sino cómo hacerlo de forma eficaz, medible y sostenida en el tiempo.