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Vecinos, estudiantes y organizaciones ambientales protagonizan una acción sostenida por recuperar uno de los cerros isla más emblemáticos del sur de Santiago.

Por Leonardo Núñez

El pasado viernes, cerca de 80 personas —entre estudiantes, voluntarios, familias y ambientalistas— se congregaron en el Cerro La Ballena para participar en una jornada de limpieza y educación ambiental que logró retirar más de 640 kilos de basura, incluidos escombros, electrodomésticos en desuso y residuos domiciliarios.

Lo ocurrido ese día es sólo una expresión visible de una causa mayor: la defensa y recuperación de uno de los 26 cerros isla de la Región Metropolitana, hoy gravemente amenazado por la expansión urbana, la informalidad y el abandono institucional.

La actividad fue organizada por el colectivo local Parque Natural Cerro La Ballena junto al movimiento SíMiPlaneta Chile, en una articulación que unió conocimiento técnico, territorio y educación comunitaria.

“Este cerro tiene un valor ecológico y social enorme. Es refugio de biodiversidad y también un lugar de encuentro para la comunidad. Nuestra meta es que vuelva a florecer, se proteja y sea respetado como el corredor biológico importante que es”, señaló Felipe Ossandón, uno de los fundadores de la iniciativa vecinal, en declaraciones a SoyChile.cl.

Un cerro en disputa

Con una altitud de 877 metros y una superficie de 69 hectáreas, el Cerro La Ballena se alza al sur de Puente Alto, en las cercanías del río Maipo. Durante décadas fue llamado “Cerro de las Cabras” por los habitantes de la zona, hasta que su silueta alargada inspiró su actual nombre. Pese a su prominencia geográfica y ecológica, no cuenta con resguardo legal ni figura de protección oficial, y enfrenta un deterioro progresivo por microbasurales, quemas, loteos ilegales y falta de fiscalización.

Según la Fundación Cerros Isla, el cerro alberga flora nativa como quillay, natre y espino, y es hábitat de aves silvestres como el peuco, tiuque, queltehue y tenca, lo que lo convierte en un punto estratégico dentro del sistema de corredores biológicos del sur de Santiago. A ello se suma su valor cultural y recreativo para los barrios aledaños, donde miles de habitantes ven en él una posibilidad de acceso a la naturaleza en un entorno densamente urbanizado.

La jornada fue también una muestra de cómo la acción colaborativa puede generar impacto real con bajos recursos, si existe voluntad social. A futuro, las agrupaciones impulsoras planean seguir con caminatas, reforestaciones, señalética educativa e incluso la creación de un Museo Vivo del Cerro, una propuesta que combina conservación, identidad local y participación ciudadana.

Pese a la fuerza del movimiento local, el cerro sigue sin protección formal ni presupuesto asignado. Desde la Municipalidad de Puente Alto han existido señales de apoyo logístico, pero aún no se ha formalizado un plan de intervención. A nivel regional, el Gobierno Metropolitano ha impulsado iniciativas para proteger cerros isla —como el San Cristóbal o el Calán—, pero el caso de La Ballena todavía no figura entre las prioridades.

“Nos encantaría que esto se transforme en parque natural. Sabemos que hay caminos legales, como la Ley de Patrimonio Natural Urbano o figuras de concesión pública. Pero necesitamos voluntad política”, concluye Ossandón. Mientras tanto, el cerro respira gracias al esfuerzo de sus propios vecinos.

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