
En la tradición judía, el rabino de Praga creó a un Golem para proteger a su pueblo: un artefacto robusto y poderoso, hecho de barro, que le daba seguridad a su comunidad. Todo bien, hasta que el Golem creció tanto que ni su creador pudo controlarlo. Fue concebido para resguardar, no para dañar, pero ni las mejores intenciones lograron contenerlo cuando su magnitud aumentó.