Durante años, el valor inmobiliario se explicó a partir de variables tradicionales como la ubicación, los metros cuadrados y el precio. Hoy se consolida una dimensión adicional que el mercado comienza a reconocer con mayor claridad, vinculada a la calidad del activo en un sentido más amplio. La belleza, la arquitectura y la experiencia pasan a incidir directamente en la rentabilidad.