
Hoy la conciencia ciudadana parece haberse adaptado más rápido que nuestras estructuras institucionales a las vulnerabilidades climáticas y eventos de riesgo de desastre. Distintas mediciones realizadas en los últimos años, hablan de que las personas se sienten mejor preparadas para terremotos y tsunamis, que para incendios o inundaciones.
Durante décadas la política habitacional se concentró en la cantidad de unidades entregadas, dejando de lado la calidad de vida de quienes las habitan. Se instaló una persistente dicotomía: ¿cantidad o calidad? En los últimos años, la incorporación de nuevas tecnologías constructivas ha elevado el estándar de la vivienda económica.
En Chile todos sabemos los números; el déficit habitacional alcanza las 650 mil viviendas y, de ese total, 460 mil corresponden a jóvenes menores de 40 años que viven en situación de déficit, muchos de ellos allegados.
Muchas veces hemos escuchado que “los jóvenes son el futuro” – incluso cuando nosotros éramos jóvenes. Sin embargo, cuando se trata de pensar y transformar nuestras ciudades, pareciera que ese futuro aún no tiene un lugar en el presente. ¿Cómo traducimos toda esa energía y capacidad en cambios reales para nuestras ciudades?