Lo ocurrido en el Barrio Meiggs no fue, al menos en sus primeras horas, un episodio excepcional. No hubo sirenas persistentes ni enfrentamientos visibles. Lo que se observó fue un despliegue ordenado: calles cerradas, accesos controlados, toldos desmontados con rapidez y comerciantes retirándose en silencio. Una intervención que parecía haber sido asumida como parte de una rutina ya conocida.