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Pantone eligió este tono como Color del Año 2026, consolidando al blanco cálido como una base clave para crear espacios luminosos, equilibrados y emocionalmente acogedores. Especialistas de IKEA Chile, AdDI y la neuroarquitectura explican por qué gana terreno en el living y cómo aplicarlo sin caer en ambientes fríos o impersonales.

Por: Tomás Rodríguez Botto

En un contexto marcado por la sobreestimulación y la vida acelerada, el hogar ha retomado su rol como espacio de pausa y refugio. En esa búsqueda, Pantone sorprendió al elegir “Cloud Dancer” como Color del Año 2026: un blanco sereno y versátil que, según la institución, simboliza una influencia calmante en una sociedad que vuelve a valorar la reflexión y la quietud.

Lejos de representar una ausencia de color, el blanco se consolida como un recurso permanente en la decoración contemporánea. Su capacidad para iluminar, ampliar visualmente los espacios y servir como base neutra lo ha convertido en un aliado transversal, adaptable a distintos estilos, estaciones y necesidades domésticas.

Del gris urbano a los tonos tierra: el cambio en las tendencias cromáticas

Para Ignacia Salas, interiorista y miembro de la Asociación de Diseño e Interiorismo de Chile (AdDI), este protagonismo responde a un cambio más amplio en las tendencias cromáticas. “La tendencia actual se inclina hacia los colores ‘earthy’ o tonos tierra y marrones, alejándose de los grises fríos y urbanos”, explica.

En ese escenario, agrega, el blanco cálido cumple un rol clave: “Cloud Dancer no es un blanco polar ni radiante. Es un tono medio con base beige, que cambia según la luz del día: por la mañana se ve más fresco y, al atardecer, adquiere un matiz casi dorado”.

La consolidación de los blancos cálidos frente a los grises o blancos fríos también tiene una explicación desde la neuroarquitectura. Ana Antico, arquitecta y directora del Grupo Antico, advierte que los blancos con subtonos azulados o grises suelen asociarse inconscientemente a entornos clínicos.

“En viviendas, ese tipo de blanco puede intensificar la sensación de frialdad, vacío o despersonalización, especialmente en climas fríos o con poca luz natural”, explica. En contraste, los blancos cálidos activan respuestas de calma y refugio, favoreciendo el bienestar emocional y una percepción más humana del espacio.

Para evitar que un ambiente predominantemente blanco se perciba impersonal, Antico subraya la importancia de la materialidad. Maderas naturales, textiles como lino lavado, algodón grueso, lana o bouclé, junto con cortinas de tela que suavicen la luz, aportan información sensorial clave. “La textura reduce la sensación de amenaza que puede generar un espacio demasiado blanco y plano”, señala.

En departamentos o espacios pequeños, el uso de “Cloud Dancer” requiere especial cuidado. La recomendación es combinarlo con maderas claras, fibras naturales, iluminación cálida y plantas, evitando grises fríos, negros muy contrastados o luces blancas intensas.

“El blanco amplía visualmente, pero si no se equilibra puede generar una sensación de hipervigilancia o de espacio no habitado. La clave está en sumar capas, luz cálida y elementos orgánicos para que el cerebro interprete el lugar como hogar y no como un espacio de paso”, concluye Antico. 



Cloud Dancer

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