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26 junio, 2026 /

Industrializar no puede seguir siendo la excepción

Por: Pabla Ortúzar, presidenta del Consejo de Construcción Industrializada (CCI).

La construcción industrializada ha avanzado en Chile. Hoy existen casos, capacidades técnicas, empresas, proveedores y aprendizajes que hace algunos años parecían lejanos. Sin embargo, todavía enfrentamos un riesgo importante: que la industrialización quede limitada a proyectos emblemáticos, útiles para demostrar, pero insuficientes para transformar la forma en que construimos.

Las barreras existen y son conocidas. Hay barreras culturales, porque la construcción tradicional sigue entregando una sensación de certeza que cuesta mover. Hay barreras normativas, porque aún necesitamos marcos habilitantes en más sectores, más allá de la vivienda. Hay barreras financieras, porque industrializar exige inversión inicial en diseño, equipamiento y cambio de procesos. Y hay barreras de capacidades, especialmente en quienes deben contratar, evaluar y supervisar estos proyectos.

Pero ninguna de estas barreras es imposible de resolver. De hecho, el trabajo desarrollado por el Minvu a través de la Ditec, con su política de viviendas industrializadas, demuestra que el Estado puede acompañar este proceso con visión técnica y sentido de urgencia. El desafío ahora es extender ese aprendizaje hacia infraestructura de salud, educación, obras públicas y otros ámbitos donde la industrialización puede aportar productividad, calidad y sostenibilidad.

Para lograrlo, el rol de los mandantes es clave. Industrializar bien no consiste en pedir una solución prefabricada al final del proceso. Implica contratar distinto, integrar tempranamente a los proveedores, definir bases que valoren no solo el costo inicial, sino también los plazos, la calidad, la trazabilidad, el desempeño ambiental, la puesta en marcha y los tiempos de retorno de la inversión. Cuando un mandante sabe pedir industrialización, el ecosistema responde mejor.

También las constructoras deben mirar este proceso como una evolución de su modelo de negocio, no como una amenaza. Y los proveedores tienen que actuar como socios técnicos reales, capaces de acompañar, transferir conocimiento y demostrar resultados con métricas transparentes.

Los próximos cinco años serán decisivos. Chile necesita metas que incomoden un poco: que una parte relevante de la infraestructura pública incorpore industrialización medible; que exista un sistema común de métricas para comparar productividad, costo, plazo y sostenibilidad; que se desarrollen instrumentos de financiamiento específicos; que la formación en construcción industrializada entre con fuerza en universidades e institutos; y que exista una coordinación permanente entre el CCI, los ministerios y los actores de la industria.

La industrialización no es una moda ni una solución única. Es una estrategia, una metodología para construir mejor. Y si queremos que deje de ser una excepción, debemos pasar de celebrar casos aislados a construir una política de adopción sistemática, con evidencia, colaboración y decisión.

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