
Por: Dr. Lorenzo Reyes Bozo, decano Facultad de Ingeniería y Negocios Universidad de Las Américas.
La ingeniería enfrenta un cambio de época. La inteligencia artificial, la automatización, la transición energética y los desafíos de sostenibilidad están transformando la manera en que producimos, trabajamos y vivimos. En este escenario, la formación no puede limitarse a transmitir conocimientos técnicos: debe preparar profesionales capaces de convertir el conocimiento científico y tecnológico en productividad, innovación y bienestar social.
Chile enfrenta importantes desafíos en esta materia. La OCDE ha advertido sobre el bajo crecimiento de la productividad y las brechas en competencias digitales, innovación y adopción tecnológica, especialmente entre las pequeñas y medianas empresas. Reducir estas diferencias requiere fortalecer la formación de capital humano avanzado y mejorar la articulación entre las universidades y el sector productivo.
El desafío es aún mayor si consideramos que, según el Foro Económico Mundial, cerca del 39% de las competencias laborales actuales cambiarán o quedarán obsoletas entre 2025 y 2030. Las capacidades vinculadas con inteligencia artificial, análisis de datos y alfabetización tecnológica ganarán relevancia, junto con el pensamiento analítico, la adaptabilidad, el liderazgo y el aprendizaje permanente. Estos cambios exigen actualizar los planes de estudio sin debilitar los fundamentos científicos y matemáticos que distinguen a la ingeniería.
La formación profesional no puede depender de herramientas tecnológicas que pronto podrían quedar obsoletas. Debe entregar capacidades para comprenderlas, evaluar sus limitaciones y aplicarlas con criterio. Esto supone integrar conocimientos disciplinares con pensamiento crítico, comunicación efectiva, trabajo colaborativo y responsabilidad ética, considerando las consecuencias económicas, sociales y ambientales de las decisiones técnicas.
También es fundamental fortalecer la vinculación con el entorno productivo y social. Los proyectos aplicados, los laboratorios, las prácticas profesionales y la investigación orientada a resolver problemas reales permiten conectar el aprendizaje con los desafíos de las organizaciones. La colaboración entre universidades, sector público y empresas debe ir más allá de las instancias tradicionales: requiere identificar necesidades, desarrollar soluciones, validar resultados y facilitar la transferencia de conocimiento e innovación.
La experiencia internacional, reflejada en criterios de acreditación como los de ABET, refuerza esta visión: la formación en ingeniería debe desarrollar competencias para resolver problemas complejos, diseñar soluciones, trabajar en equipo, actuar éticamente y aprender durante toda la vida. Chile necesita profesionales capaces de adaptarse a los cambios tecnológicos, impulsar la transformación productiva y contribuir a una economía más innovadora y sostenible, que este al servicio de la sociedad.