
Por: Rodrigo Aravena A., Arquitecto PUC y Director AGS Visión Inmobiliaria.
En el complejo engranaje de la planificación urbana en Chile, existe un número que parece escrito en piedra: 4 habitantes por vivienda. Este parámetro, consagrado en nuestra Ordenanza General de Urbanismo y Construcciones (OGUC), funciona como el “metro patrón” para calcular desde la carga de ocupación hasta la dotación de servicios básicos. Sin embargo, en un país que presume de su madurez macroeconómica y su infraestructura de vanguardia, esta cifra no es más que un espejismo técnico que distorsiona el crecimiento de nuestras ciudades.
Chile hoy no es el país de familias de la serie “Los 80”. Según los últimos datos demográficos y la tendencia de hogares unipersonales o nucleares reducidos, el promedio real se acerca más a los 2,7 o 3 habitantes. Al mantener la ficción de los 4 habitantes, estamos obligando a los instrumentos de planificación urbana (IPT) a sobredimensionar, o lo que es peor, a restringir artificialmente la densidad en zonas donde la infraestructura —especialmente la red de Metro de Santiago, una de las más modernas y extensas de la OCDE— permite y exige una mayor intensidad de uso.
Si nos comparamos con países de PIB similar o con sistemas de transporte urbano de alto estándar, la brecha es evidente. En Europa, los parámetros de planificación fluctúan entre los 2 y 2,3 habitantes por unidad, entendiendo que la eficiencia urbana reside en permitir que más hogares pequeños habiten cerca de los ejes de movilidad. Al insistir en el parámetro de “4”, Chile castiga la densificación equilibrada cerca del Metro, empujando la oferta de vivienda hacia las periferias desprovistas de servicios, bajo la excusa de no “saturar” una capacidad de carga calculada con reglas matemáticas del siglo pasado.
Ajustar este parámetro no es una cuestión meramente estadística, es un imperativo de justicia urbana. Mantener un cálculo inflado encarece el suelo y limita la construcción de tipologías de vivienda que hoy la ciudadanía demanda (departamentos para jóvenes profesionales, adultos mayores o familias pequeñas).
Es hora de que la normativa deje de mirar el retrovisor. Si queremos ciudades resilientes y alineadas con nuestro nivel de desarrollo, debemos sincerar la demografía en el papel. Planificar para 4 habitantes en 2026 no es ser cauteloso, es ignorar la realidad y condenar a nuestras ciudades a una ineficiencia que ya no podemos permitirnos. Por ello, el reciente ingreso de la Modificación a la Ordenanza General de Urbanismo y Construcciones no es un trámite administrativo más; es una urgencia impostergable para poner nuestra legislación urbana finalmente a tono con los tiempos.