
Los episodios meteorológicos registrados durante este año han puesto a prueba edificaciones en distintas zonas del país. La protección frente al agua, el control de la humedad y el aislamiento térmico adquieren relevancia tanto en viviendas nuevas como en aquellas que requieren mantenimiento.
Por Tomás Rodríguez Botto
Las condiciones climáticas para las que se proyecta una vivienda pueden cambiar significativamente a lo largo de su vida útil. En Chile, donde las características meteorológicas varían desde el desierto hasta las zonas australes, las exigencias sobre una edificación también dependen de su ubicación. A ello se suman episodios que pueden superar las condiciones habituales de determinados territorios.
El sistema frontal registrado entre el 15 y el 20 de julio constituye uno de los antecedentes de este año. El fenómeno dejó precipitaciones desde Ñuble hasta Atacama, con los mayores acumulados concentrados en las regiones de Coquimbo y Atacama. Un análisis posterior del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2) determinó que, en varias zonas, el carácter excepcional del evento estuvo asociado principalmente a la duración de las lluvias y no solo a su intensidad.
En ese sentido, Luis Carrasco, jefe del Área Técnica de Volcán, plantea que las condiciones climáticas deben considerarse desde el diseño de las edificaciones y mantenerse posteriormente mediante revisiones periódicas.
“Así como en el sur del país las viviendas están diseñadas para resistir el viento y la lluvia, en la zona centro y norte, hoy podemos integrar soluciones de envolvente que permitan asegurar la durabilidad y protección continua”, señala.
El comportamiento térmico de las viviendas ha adquirido mayor relevancia regulatoria. Desde noviembre de 2025 comenzó a aplicarse una actualización de la Reglamentación Térmica del Ministerio de Vivienda y Urbanismo, que elevó las exigencias para distintos componentes de la envolvente residencial. Entre ellos se encuentran techumbres, muros, pisos ventilados, puertas y ventanas, además de requisitos vinculados con las infiltraciones de aire.
La modificación también amplió la zonificación térmica del país, con el objetivo de establecer exigencias acordes con las condiciones climáticas de cada territorio. De esta manera, el estándar constructivo considera diferencias entre las distintas zonas y no solo las condiciones generales de la edificación.
Los problemas asociados al agua tampoco terminan cuando deja de llover. Una filtración que no se detecta oportunamente puede afectar revestimientos, muros y cielos, mientras que la humedad persistente puede generar condiciones favorables para la aparición de hongos.
Por ello, después de episodios de precipitaciones intensas resulta relevante revisar cubiertas, canaletas, sellos, ventanas, encuentros entre materiales y otros puntos susceptibles al ingreso de agua.
Cuando una vivienda presenta una filtración, el primer paso es detener la fuente de humedad. Posteriormente, el área afectada debe secarse de manera controlada antes de determinar si corresponde reparar o reemplazar los materiales.
“La clave es la reacción temprana, es decir, retirar la fuente de humedad, secar el área aplicando fuentes de calor controlado (no más de 50°C), permite recuperar el material, previniendo así la aparición de hongos y evitando reconstrucciones innecesarias”, explica Carrasco.