
Por: Dr. Lorenzo Reyes Bozo, Decano Facultad de Ingeniería y Negocios Universidad de Las Américas.
La incorporación de etanol a las gasolinas vuelve a instalarse en la discusión energética chilena. Según antecedentes publicados recientemente, se ha evaluado avanzar hacia una gasolina E10, compuesta por 90% de gasolina y 10% de etanol, con un potencial ahorro de unos US$107 millones anuales en costos de suministro.
El Ministerio de Energía ha precisado que no existe actualmente una propuesta formal, pero el debate ofrece una oportunidad para analizar con rigor una alternativa que cuenta con amplia experiencia internacional.
Brasil utiliza actualmente gasolina con 32% de etanol, mientras que Estados Unidos posee décadas de experiencia con E10, E15 y vehículos flex-fuel. Este conocimiento demuestra que las mezclas con este alcohol son técnicamente viables, siempre que exista compatibilidad entre combustible, vehículos, sistemas de almacenamiento y distribución. Por ejemplo, el país carioca construyó durante décadas una industria, regulación, infraestructura y una flota vehicular capaz de operar con mayores porcentajes de este compuesto.
Para Chile un E10 no requeriría reemplazar la actual flota de vehículos. Los motores modernos de encendido por chispa pueden operar con esta mezcla cuando el combustible cumple las especificaciones y el fabricante certifica su compatibilidad. Sería necesario, sin embargo, adaptar parte de la infraestructura de almacenamiento y mezcla, establecer estándares de calidad y asegurar una cadena logística capaz de manejar etanol anhidro a escala nacional.
El componente económico resulta igualmente relevante. El etanol posee menor contenido energético que la gasolina, por lo que su incorporación puede aumentar ligeramente el consumo por kilómetro. Por ello, el impacto para los consumidores no debería medirse solamente en pesos por litro, sino también por kilómetro recorrido. Un menor precio del combustible no necesariamente se traduce, en la misma proporción, en un menor costo de movilidad.
La dimensión ambiental exige similar cuidado. El etanol no elimina las emisiones de CO₂ del vehículo; su beneficio climático depende de cómo se produce. Materias primas, energía utilizada, transporte, uso de suelo y consumo de agua determinan su aporte real a la reducción de emisiones. También debe evitarse que una expansión de los biocombustibles genere presiones innecesarias sobre la producción de alimentos o los recursos hídricos.
Chile enfrenta, además, una limitación relevante: actualmente no dispone de una industria de bioetanol carburante de la escala necesaria para abastecer un E10 nacional. Una implementación inicial requeriría importar buena parte del etanol, mientras se evalúan oportunidades de producción local a partir de residuos agrícolas, biomasa y otras materias primas.
El E10 puede ser una herramienta complementaria para diversificar la matriz energética, reducir la dependencia de combustibles fósiles y disminuir emisiones. La transición no exige soluciones únicas, sino combinar tecnologías existentes con nuevas alternativas que permitan avanzar hacia un sistema energético más diversificado, competitivo y sostenible.