
Por: Cristián Martínez, fundador de Crece Inmobiliario, Ingeniero Comercial, Magister en Administración de Empresas de IEDE y Master de Administración de Empresas en la Universidad de LLeida
A pesar de la juventud, los menores de 30 en el país mantienen la aspiración, heredada de generaciones anteriores, de tener una propiedad a su nombre. Lamentablemente, en la actualidad, lo que ha cambiado es la capacidad real de concretarla, y ahí es donde conviene detenerse y hablar con total honestidad.
Hay un problema y es multifactorial. Hoy para acceder a un crédito hipotecario que permita financiar una propiedad de 1.000 UF, hoy se requiere un ingreso líquido cercano a los 700 mil pesos mensuales, asumiendo que el dividendo no debería superar el 25% de los ingresos. Si la meta sube a una propiedad de 2.000 UF, el ingreso exigido se dispara muy por encima del millón de pesos.
El contraste con la realidad salarial de los jóvenes es complejo. Una persona asalariada entre 25 y 29 años percibe, en promedio, alrededor de 800.000 pesos líquidos al mes, mientras que el ingreso medio de todos los ocupados del país ronda los 962.000 pesos. La brecha entre lo que exige el sistema financiero y lo que efectivamente gana un joven al iniciar su vida laboral es enorme, y explica por qué salir al mercado a comprar algo del orden de 1.000 UF se ha vuelto casi una excepción y no una posibilidad real para la mayoría.
Este desajuste no es anecdótico: el porcentaje de personas -bajo los 30 años- que podían acceder a una vivienda cayó desde un 53% en 2010 a apenas un 23% en 2026. Caída que refleja, sobre todo, una restricción del acceso al crédito de los hogares jóvenes, y que tiene consecuencias directas en cómo se organiza la vida de esta generación.
Muchos jóvenes hoy permanecen más tiempo en el hogar de los padres y, cuando forman pareja, la estrategia habitual es complementar ingresos para intentar calificar. Aun así, persiste una alta demanda por arriendo, lo que ha impulsado el crecimiento de los multifamily, formatos que permiten a quienes están bajo los 30, vivir en ubicaciones seguras, bien conectadas y cercanas a sus círculos sociales, aunque sin ser propietarios.
A esto se suma el efecto inflacionario post pandemia sobre la UF, unidad en la que se transan las propiedades. Hace seis o siete años la UF bordeaba los 27.000 pesos; hoy está cerca de los 41.000 y seguirá al alza probablemente. Ese salto, sumado al alza en costos de terreno, logística y transporte, ha empujado los precios de las viviendas hacia arriba, mientras los ingresos de los jóvenes no han crecido al mismo ritmo. La brecha, lejos de cerrarse, se ha ampliado. De los requisitos entregados por instituciones crediticias, mejor ni hablar.
Frente a este escenario, existen alternativas concretas. Complementar renta con otra persona —padre, pareja, amigo— es una vía válida, aunque quien solicita el crédito debe calificar igualmente con un porcentaje propio; no basta con que el otro tenga buenos ingresos. Sumado a esto, es importante mantener un comportamiento de pago intachable y estar bancarizado, ya que sin historial no hay forma de que una entidad evalúe el riesgo.
Hay una máxima que resume bien la estrategia más sensata de acuerdo a las condiciones actuales: comprar donde se puede y vivir donde se quiere. Si la propiedad soñada no está al alcance, pensar en adquirir lo que sí es viable —aunque no sea el destino final— es una buena táctica, ya que constituye una inversión que protege frente al alza sostenida de precios, mientras se sigue arrendando en el lugar deseado.