
Por: Jorge Tobar, presidente de la Asociación de Ingenieros Civiles Estructurales (AICE)
Cada terremoto deja daños, pérdidas y preguntas, pero también deja evidencia. Y para países sísmicos como los nuestros, esa evidencia debe convertirse en aprendizaje.
Los recientes terremotos registrados en Venezuela y Colombi,a han vuelto a poner esta discusión en el centro de la agenda latinoamericana. Son eventos que recuerdan que la amenaza sísmica no reconoce fronteras y que buena parte de nuestra región comparte desafíos similares.
¿Qué tipo de desafíos?: ciudades con edificaciones de distintas épocas, niveles variables de formalidad constructiva, condiciones de suelo diversas y marcos normativos que requieren actualización permanente. Así, las experiencias de cada país deben ser observadas y compartidas regionalmente, porque lo que aprende uno puede ayudar a reducir la vulnerabilidad de los demás.
La experiencia chilena muestra que la resiliencia no se construye únicamente con una buena norma sísmica. Requiere un ecosistema completo de investigación, regulación, revisión independiente de proyectos, supervisión de obras, mano de obra calificada, conocimiento adecuado de los suelos y una sociedad que comprenda el territorio en que habita.
Después del terremoto de 2010, por ejemplo, Chile profundizó la clasificación de sitio y el estudio de suelos, incorporando esas lecciones al desarrollo normativo posterior. Del mismo modo, la revisión estructural independiente ha contribuido a elevar el estándar de los proyectos antes de su construcción.
Frente a una catástrofe, la reconstrucción no debería comenzar únicamente preguntándonos cómo reponer lo que se perdió. También debemos preguntarnos por qué una estructura tuvo determinado comportamiento, qué ocurrió en el suelo, qué funcionó y qué debemos corregir.
Para responder esas preguntas es indispensable permitir el trabajo en terreno de ingenieros, geofísicos, especialistas en mecánica de suelos y otros profesionales. Observar directamente las estructuras dañadas, sigue siendo una de las fuentes de aprendizaje más valiosas para la ingeniería sísmica.
Por otra parte, hay otro desafío igualmente importante: la educación. La reconstrucción debe considerar dónde se puede construir, qué materiales son adecuados y cómo reducir la informalidad, como también, exige enfrentar la desinformación que suele aparecer después de grandes desastres.
Los terremotos no se pueden evitar. Lo que sí podemos hacer es aprender de ellos y transformar ese conocimiento en mejores normas, mejores ciudades y estructuras más resilientes. Ese aprendizaje no pertenece solo a la ingeniería, es una responsabilidad del ecosistema completo.