
Por: Erwin Navarrete, gerente de Construye2025.
La reciente publicación del reportaje “Una bomba de tiempo para la construcción” revela un fenómeno que el sector venía percibiendo, pero que hasta hace poco, no se había explicitado con la crudeza necesaria: la fuerza laboral de la construcción está envejeciendo aceleradamente, mientras los jóvenes se alejan del rubro.
La proporción de trabajadores mayores de 50 años pasó de 26,6% a 34,6% en poco más de una década, mientras que los jóvenes disminuyeron del 22,5% al 15,4%. Esta tendencia no solo es demográfica como lo muestra el último Censo; es estructural. Y si no se aborda de manera integral, amenaza con socavar silenciosamente el futuro de la industria de la construcción chilena.
Desde la perspectiva de Construye2025, este escenario exige una mirada estratégica que entienda que la transformación del sector no puede limitarse a materiales innovadores, digitalización o nuevas metodologías constructivas. La sostenibilidad de la industria descansa, antes que todo, en las personas, y esa dimensión humana es hoy el punto más débil de toda la cadena de valor.
El envejecimiento laboral tensiona un modelo histórico de transmisión de saberes que dependía del vínculo maestro–aprendiz. Este es, precisamente, el punto donde Construye2025 debe asumir un rol articulador: impulsar un cambio cultural que reconozca a los trabajadores senior como capital humano crítico para la transición hacia la construcción industrializada.
El país necesita avanzar y transitar hacia un sistema nacional de certificación de competencias laborales que valore formalmente la experiencia acumulada, que permita transferir conocimientos, y que habilite a los trabajadores mayores a desempeñar nuevos roles sin quedar marginados, en paralelo, atraer jóvenes requiere un cambio profundo en el relato del sector. Por años, la construcción fue vista como un oficio pesado, informal, inestable y carente de proyección.
Hoy, gracias a la industrialización, la incorporación de tecnologías, y la creciente profesionalización de los procesos, la construcción puede, y debe, ofrecer trayectorias claras, capacitación certificada, oportunidades de especialización y posibilidades reales de desarrollo profesional.
Hay que mostrarles a los jóvenes que el rubro ya no es solo pala y cemento, sino también diseño digital, montaje industrializado, robótica, sostenibilidad, gestión de datos, eficiencia energética. Sin ese cambio de narrativa, ningún incentivo será suficiente. Una industria moderna exige trabajadores modernos, y eso solo se logra con un ecosistema articulado entre empresas, academia, organismos públicos y gremios.
Este es un momento histórico para decidir qué tipo de industria queremos seguir construyendo. Si no se actúa ahora, la “bomba de tiempo” mencionada explotará justo cuando el país más necesita dinamizar la inversión, avanzar en el déficit habitacional y mejorar la infraestructura pública.
La verdadera modernización del sector comenzará el día en que entendamos que el futuro de la construcción no se construye solo con máquinas y materiales, sino con personas capaces de llevar esas herramientas al máximo de su potencial. Chile tiene la oportunidad de anticiparse a la crisis. Hagámoslo antes de que sea demasiado tarde.