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11 febrero, 2026 /

Rejas en Meiggs: Ordenar el espacio sin resolver la ciudad

Por: Marco Subercaseaux, académico del Magíster en Viviendas y Barrios Integrados, Universidad Andrés Bello.

Lo ocurrido en el Barrio Meiggs no fue, al menos en sus primeras horas, un episodio excepcional. No hubo sirenas persistentes ni enfrentamientos visibles. Lo que se observó fue un despliegue ordenado: calles cerradas, accesos controlados, toldos desmontados con rapidez y comerciantes retirándose en silencio. Una intervención que parecía haber sido asumida como parte de una rutina ya conocida.

La tercera fase del operativo avanzó temprano, con la instalación de rejas en puntos estratégicos y una presencia policial constante, más contenida que invasiva. A simple vista, no era muy distinta de otras ocasiones en que el Estado decide volver a ocupar territorios donde su presencia había sido intermitente o tardía.

Sin embargo, esa aparente calma duró poco. Al alcanzar los límites del perímetro definido, comenzaron a aparecer barricadas improvisadas, fogatas nocturnas y nuevos cortes de tránsito. El orden no desapareció, sino que se desplazó hacia los bordes del área intervenida.

Más que un debate sobre comercio informal, precariedad laboral o economías de subsistencia, el operativo respondió a una lógica clara: despejar, cerrar, contener y asegurar. En ese contexto, una expresión comenzó a repetirse desde las autoridades y hace alusión a una “zona segura”. Un espacio delimitado, con accesos controlados, donde el comercio formal pudiera funcionar y el tránsito urbano desarrollarse sin sobresaltos.

Desde una mirada urbana, la intervención en Meiggs parece haber abordado el problema principalmente como una cuestión de límites físicos. No como una reorganización de las dinámicas económicas que dieron origen al comercio informal, ni como una revisión de las condiciones urbanas que lo sostuvieron durante años, sino como una redefinición del territorio donde esas prácticas pueden o no instalarse. Rejas, cierres y perímetros como herramientas para producir orden social a través del orden espacial.

El problema es que los territorios no se vacían con facilidad. Tras años de ocupación, lo que siguió fue previsible, desde intentos de reubicación inmediata fuera del perímetro, a marcas en calles residenciales cercanas y comerciantes, esperando el repliegue de la fuerza pública para volver a instalarse. La frontera recién trazada no opera como prohibición definitiva, sino como una nueva línea de tensión.

Esta forma de intervenir revela una concepción particular de la ciudad: no como un sistema continuo de relaciones sociales, económicas y espaciales, sino como una suma de recintos administrables, separados y protegidos. Una ciudad fragmentada, gobernada por zonas de excepción más que por reglas compartidas.

Desde esta perspectiva, el cierre perimetral no es solo una medida operativa, sino también una forma de pensar la gestión urbana. Los problemas se vuelven manejables no cuando se abordan en su complejidad, sino cuando se reducen territorialmente. Se encapsulan.

Lo complejo es que en Meiggs no solo se disputa el uso del espacio público, sino también una forma de control territorial que con el tiempo ha adquirido rasgos de permanencia. Cuando se cobra por ocupar una vereda, se protege un puesto o se regula quién puede instalarse, ya no se trata solo de comercio informal, sino de una organización paralela del territorio.

Frente a esto, la apuesta parece ser que el orden puede imponerse mediante acciones focalizadas y persistentes, aun sin intervenir las causas estructurales del fenómeno. Sin embargo, la experiencia muestra que estas intervenciones no eliminan el problema: lo desplazan, lo dispersan y lo intensifican en los bordes.

Tal vez no estemos ante una solución transitoria, sino frente a una forma pragmática de gobernar lo que no logra resolverse por completo: administrar fragmentos de ciudad bajo reglas excepcionales. No como solución definitiva, sino como gestión de la incertidumbre urbana.

Si es así, lo ocurrido en Meiggs no fue solo un operativo contra el comercio informal visible. Fue una señal de cómo hoy se está entendiendo la relación entre seguridad, espacio público y economía urbana, no como un sistema integrado que requiere transformaciones de fondo, sino como un mapa de sectores donde el orden se instala, se prueba y se sostiene a fuerza de límites.

Y quizás lo más incómodo de todo es esto: cuando el Estado llega tarde a un territorio, no siempre se encuentra con el caos. A veces se encuentra con otro orden , y desmantelarlo, exige mucho más que instalar rejas.

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