
Por: Marco Subercaseaux, Académico del Magister en Vivienda y Barrios Integrados UNAB.
En momentos en que el país discute cómo reactivar la economía, la inversión pública vuelve a posicionarse como la gran palanca estatal, pero hay una dimensión que sigue ausente del debate: ¿estamos invirtiendo con un relato claro de desarrollo?…
La presión por agilizar obras y destrabar permisos no es nueva. Sin embargo, lo urgente se ha vuelto norma y lo importante, es decir el propósito, ha quedado como accesorio. Chile invierte, pero ¿para qué y para quién?, son las interrogantes que parecen no tener respuestas.
Y es que no se trata solo de ejecutar más rápido, sino de hacerlo con sentido estratégico. Desde la macroeconomía sabemos que las políticas contracíclicas deben acompañarse de criterios estructurales. Invertir en recesión no significa gastar a cualquier costo ni en cualquier lugar. Cuando ese principio se olvida, las obras públicas corren el riesgo de reproducir desigualdades, fragmentar territorios o simplemente no generar impacto.
Chile ha mejorado en evaluación ex ante, pero sigue careciendo de una cultura sólida de evaluación ex post. ¿Cuáles inversiones cumplieron sus objetivos?; ¿Qué infraestructura cambió efectivamente la vida de las personas?. Sin esa retroalimentación, la eficiencia se mide solo por presupuesto ejecutado.
Así, cuando la única consigna es “gastar a tiempo”, la política pública se transforma en un ejercicio mecánico, no en una estrategia de desarrollo.
La conversación de fondo no es solo sobre permisos, es sobre visión país. Hoy se requiere una institucionalidad que no solo revise la viabilidad técnica de los proyectos, sino que coordine y priorice inversiones con foco en valor público. No se trata de frenar la inversión, sino más bien de conducirla, porque avanzar sin mapa no es solo ineficiente: es una forma silenciosa de perder oportunidades.