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11 mayo, 2026 /

Entre el agua y la falla: Construir donde tiembla y respira la tierra

En Chile no se construye sobre un papel. Se construye sobre memoria. Memoria de Valdivia en 1960, de Algarrobo en 1985 y de Cobquecura en 2010. Cada una nos recordó lo mismo: este país se mueve y el suelo responde.
Por eso, cuando escuchamos frases como “cualquier terreno húmedo podía ser un humedal” en boca de una autoridad, el gremio de la construcción no puede quedarse en el plano semántico, porque el problema no es de lenguaje: es de física de suelos. Y en un país sísmico, confundir humedad con humedal, o humedal con terreno edificable, es abrirle la puerta al desastre.
Lo cierto es que la licuefacción no perdona eslóganes. La licuefacción de suelos es un fenómeno brutalmente simple que contempla que un sismo fuerte agita arenas saturadas de agua y, por segundos, el suelo se comporta como líquido. Edificios intactos se inclinan. Pavimentos se parten. Cañerías flotan.
Lo vimos claramente en los casos en Concepción del 2010, en Puerto Montt, en zonas de relleno costero. Para que ocurra se necesitan tres cosas: sismo, arena suelta y agua. Eliminar cualquiera de los tres elimina el riesgo. Chile no puede eliminar el sismo. Entonces nos quedan dos variables a gestionar: el tipo de suelo y el agua. Por eso los estudios de mecánica de suelos no son un trámite. Son la diferencia entre una fundación y una fosa.
Esto no da espacio para bromas. Un humedal no es un potrero mojado, por lo que decir que “cualquier terreno húmedo podía ser un humedal” desdibuja dos realidades técnicas distintas. Un humedal es un ecosistema con funciones hídricas, biológicas y de mitigación reconocidas por ley y por ciencia. Un suelo saturado por napa alta o por mal drenaje es, simplemente, un suelo con riesgo geotécnico.
Equipararlos es peligroso por dos lados. Primero, le quita protección a humedales reales que sí regulan inundaciones y amortiguan tsunamis. Segundo, relativiza el riesgo de construir sobre suelos blandos, saturados o de relleno no controlado. Y en zona sísmica, eso es negligencia disfrazada de simplificación.
Construir responsablemente es leer el suelo antes que el plano regulador, por esto la normativa chilena es de las más robustas del mundo en diseño sísmico. La NCh433, la NCh2369, la NCh1508 sobre mecánica de suelos, existen porque aprendimos con muertos, pero ninguna norma reemplaza el criterio: no todo lo legalmente urbanizable es técnicamente edificable sin costos mayores.
Construir responsablemente en 2026 significa tres cosas concretas: exigir estudios de suelo serios, es decir con ensayos SPT, sondajes, ensayos de placa, nivel freático real. No “certificados express”; diseñar para el suelo que hay, no para el que quisiéramos, es decir que pilotes, mejoramiento con columnas de grava, drenajes y plateas rigidizadas, cada solución tiene costo y se informa antes, no se lamenta después.
Por último, no olvidar respetar lo que la naturaleza ya zonificó es fundamental. Los humedales, las dunas, las cajas de río y los depósitos fluvio-lacustres existen por una razón. Son amortiguadores. Cuando los tapamos con hormigón sin entenderlos, convertimos un servicio ecosistémico en un pasivo sísmico.
Chile es sísmico y punto. No es fatalismo, es la línea base. No podemos darnos el lujo de discursos que simplifiquen la hidrología ni la geotecnia, porque el próximo 8.8 no va a preguntar qué dijo una autoridad sobre los humedales. Va a preguntarle al suelo si está saturado y a la fundación si fue calculada para eso.
El verdadero desarrollo no es llenar cada metro cuadrado. Es saber dónde no construir y cómo construir donde sí. La seguridad de las familias no cabe en una consigna. Cabe en un sondaje, en un dren, en un pilote que nadie ve pero que sostiene todo. Construir es un acto de responsabilidad intergeneracional. Y en Chile, esa responsabilidad empieza bajo tierra.

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