
Especialistas coinciden en que los principales desafíos siguen concentrándose en el parque edificado de mayor antigüedad, donde el monitoreo, la mantención y el refuerzo estructural son claves para reducir riesgos.
Por Leonardo Núñez
La seguidilla de sismos ocurridos en las últimas semanas en distintos puntos de Latinoamérica y el Cinturón de Fuego del Pacífico, incluido el terremoto de magnitud 7,5 que afectó a Venezuela, reabrió el debate sobre el nivel de preparación de las ciudades chilenas frente a un evento de gran magnitud tras el 27F de 2010.
Aunque la comunidad científica ha reiterado que estos episodios no permiten anticipar la ocurrencia de un terremoto en Chile, sí recuerdan la permanente exposición del país a este tipo de fenómenos por su ubicación sobre el contacto entre las placas de Nazca y Sudamericana.
La experiencia acumulada tras grandes terremotos ha impulsado una atención constante de la normativa sísmica chilena y de los estándares de diseño estructural aplicados a las nuevas edificaciones. Gracias a ello, el país es reconocido internacionalmente por la calidad de su ingeniería y por el desempeño que han mostrado sus edificios modernos frente a eventos de gran magnitud.
La realidad es distinta en el caso de los inmuebles patrimoniales y del parque construido previo a las actuales exigencias normativas. Muchas de estas edificaciones fueron levantadas con sistemas tradicionales, como adobe, albañilería o madera, y han sido objeto de ampliaciones, remodelaciones o cambios de uso que no siempre incorporan evaluaciones estructurales acordes con su nivel de exposición al riesgo sísmico.
Especialistas en ingeniería y arquitectura coinciden en que la principal vulnerabilidad de estas edificaciones no depende únicamente de su antigüedad o del material con que fueron construidas. También influye el nivel de mantención, el estado real de sus estructuras y la ausencia de diagnósticos periódicos que permitan detectar deterioros antes de una emergencia.
Asimismo, destacan que muchas técnicas constructivas tradicionales demostraron un buen desempeño histórico cuando fueron correctamente ejecutadas y mantenidas, por lo que recuperar ese conocimiento también forma parte de la estrategia de protección.
El desafío también involucra la planificación urbana y la gestión del riesgo. Aunque la normativa ha avanzado en la definición de zonas de riesgo y criterios para nuevas urbanizaciones, persisten brechas en infraestructura de emergencia, planes de conservación para centros históricos y estrategias de intervención sobre inmuebles de valor patrimonial.
Especialistas también advierten la ausencia de programas sistemáticos de evaluación del estado estructural del patrimonio construido. Una vez obtenidos los permisos y recepciones de obra, no siempre existen mecanismos que permitan verificar la evolución de las condiciones de seguridad de los inmuebles, particularmente cuando estos han experimentado modificaciones, ampliaciones o cambios de destino.
Mientras las nuevas edificaciones responden a estándares estructurales cada vez más exigentes, los inmuebles históricos continúan concentrando desafíos asociados a su conservación, mantención y evaluación estructural, especialmente en un país con una permanente exposición a la actividad sísmica.