
Por: Erwin Navarrete, gerente de Construye2025.
La transformación de la industria de la construcción no puede depender solo de avances tecnológicos, nuevas normativas o políticas públicas ambiciosas. Para que ese cambio sea real, sostenible y profundo, necesitamos un eje articulador que garantice visión de largo plazo, pensamiento crítico y generación de conocimiento. Ese eje es la academia.
Las instituciones de educación superior tienen un rol insustituible en la formación del capital humano que liderará la construcción del futuro. Son espacios donde se cultivan la innovación, la investigación aplicada y la reflexión estratégica sobre los desafíos del sector. Pero, además, tienen la capacidad de incubar soluciones que, desde la ciencia y la técnica, pueden impactar directamente en la productividad, sostenibilidad y resiliencia de nuestras ciudades y edificaciones.
Estamos convencidos de que el vínculo entre academia e industria debe fortalecerse con decisión. No como un ejercicio ocasional de transferencia de conocimientos, sino como una relación estructural y colaborativa. La formación debe ir de la mano con las transformaciones que ya vive el sector: industrialización, digitalización, economía circular y transición energética, entre otras.
El capital humano preparado no se improvisa. Se forma con mirada sistémica, desde la verdadera etapa temprana, con acceso a tecnologías emergentes y con un enfoque claro en el impacto social y medioambiental del quehacer constructivo. Por eso, es fundamental que las mallas curriculares, los centros de investigación y los vínculos universidad-empresa estén alineados con los desafíos que impone una industria en pleno proceso de cambio.
Avanzar hacia una industria de la construcción más moderna y sostenible requiere una alianza profunda con quienes forman, investigan y piensan el país desde sus aulas y laboratorios. La academia no solo debe responder a las necesidades del sector: debe anticiparlas, desafiarlas y liderar, junto a otros actores, la evolución que urge para construir un mejor futuro para todos.
Hoy más que nunca, necesitamos que la academia sea protagonista en este proceso. No como espectadora, sino como coautora del nuevo modelo de construcción que Chile necesita. Un modelo más eficiente, más justo y más limpio, pero sobre todo, más humano.